La furia de una madre que alimenta al polluelo

Salí de la casa y escuché una gritería de aves en uno de los grandes samanes cercanos. Reconocí el grito del Milvago chimachima, un ave rapaz que suelen llamar gavilán y que parece estar en todas partes, como solían estar las palomas. (Un par de Milvagos se turnan para pararse en el techo del apartamento de la torre del frente todas las mañanas y casi todas las tardes. Gritan con fuerza, suenan como una especie de marrano, pero más ronco y agudo, si eso es posible). El día del que escribo escuché a los Milvagos en una gritería tremenda. Miré hacia la copa del samán y vi la siguiente escena: uno de los padres Milvago estaba enseñando a la cría a volar. El samán está sembrado en la acera y sus ramas se extienden sobre una calle de dos carriles bastante transitada. La madre le gritaba a la cría y la cría le gritaba de vuelta como rogándole, yo casi que lo escuchaba decirle que no era capaz, que tenía miedo. Se podía ver cómo enterraba sus garras en la rama para sujetarse con fuerza. No quería intentarlo. La madre le gritó varias veces con furia, con la furia de una madre cansada de alimentar sin descanso a su polluelo. Tírate ya, es hora, le gritaba, tienes que volar. Al ver que sus gritos no tenían efectos sobre la cría, la madre se abalanzó sobre él como buena ave de presa. Lo tomó con sus garras y lo jaló con fuerza. El polluelo adulto no pudo sostenerse de la rama y se soltó. La madre lo empujó y lo soltó, así, como si nada, en pleno vacío sobre la calle, sobre los conductores y las llantas que transitaban sin imaginarse la escena que se estaba viviendo sobre ellos. A la primera arremetida de la madre yo solté un pequeño grito de horror. El polluelo empezó a caer como un paracaidista que se enreda con las cuerdas de su paracaídas. Imaginé al polluelo estrellado contra un parabrisas y lanzado a un lado de la carretera. ¿Se la devoraría la culpa o sería capaz de carroñar el cuerpo de su polluelo como lo hace con todos los restos de basura y de carne que encuentra por las calles del barrio? Pero en plena picada al suelo el polluelo abrió las alas y alzó vuelo, un vuelo un poco torpe, pero un vuelo, al fin y al cabo. Subió en una parábola larga hasta la primera rama que se encontró a su paso. Pensé, bueno, ya se acabó la lección, casi mata a su propio hijo. Pero no, la madre siguió dando alaridos y tirando a su polluelo adulto de todas las ramas. Estaba cargada de ira y de determinación, sabía que su cría iba a volar, no tenía duda o al menos eso creo. Después de recordar la escena creo que en tanta furia había ternura. Se asomaba en la acción de quedarse siempre en una rama cercana observando el vuelo del pequeño. La madre tiraba al polluelo a lo que podría ser su muerte, pero no alejaba la mirada, no se escondía de la verdad. Recordé este incidente porque estoy en el proceso de dejar de alimentar al bebé con mi propia leche. Encerrada en el cuarto, a oscuras, mientras escucho cómo el bebé me llama a gritos y cómo su padre intenta calmarlo diciendo: mamá ya se durmió, vamos a jugar, recordé la escena de la Milvago tirando agresivamente de la rama a su cría y empecé a escribirla con afán, como queriendo salir de una tarea más. Mi cerebro trata de ahogar el llanto que viene desde la sala con la imagen de la ternura y la furia. Un par de años después de mi voluntariado en el Zoológico volví a trabajar ahí en las vacaciones recreativas de verano. Yo era estudiante de la universidad y volví a la ciudad para mis propias vacaciones. Entré como asistente de una profesora en el grupo de los más pequeños: tenían unos cuatro o cinco años. Me encantaba pasar el tiempo con los niños y los animales, sobre todo porque no hay dicha más grande para los niños que observar, hablar e imitar a los animales. Una de las primeras acciones que aprenden las crías humanas es imitar los sonidos de los animales. El sonido preferido de mi hijo, y sospecho que el de muchos otros niños, es el de la vaca. Durante las vacaciones recreativas hacíamos actividades con los niños y también los llevábamos a ver a los animales y les hablábamos de ellos. Les enseñábamos sus nombres y más datos sobre las especies, sus hábitats y comportamientos. Una mañana fuimos a visitar al águila residente del zoológico. Era un águila gris que vivía en una jaula enorme con forma de cono invertido. En la mitad del hábitat había un árbol alto. Entramos con el grupo pues no percibíamos al águila como un peligro para nosotros. Uno de los más pequeños estaba caminando alejado del grupo y de repente el águila saltó de la rama más alta para posarse a su lado. Él seguía siendo un poco más grande que el águila, pero solo un poco. De repente todos los adultos percibimos lo enormes que eran sus garras y lo afiladas que eran sus uñas. A su lado el pequeño bebé humano se veía como una bolita de grasa y carne, como un muñeco de trapo. Corrimos inmediatamente hacia el niño y alguno de nosotros lo alzó. Con tanto movimiento el águila voló inmediatamente a la copa de su árbol y decidimos acabar la actividad. Nunca volvimos a entrar a los niños a la jaula del águila. Las crías humanas no están hechas para ser lanzadas a zarpazos de los árboles para obligarlas a volar. Las crías humanas son redondas y blandas y están diseñadas ergonómicamente para acurrucarse en los brazos de un adulto de la especie, idealmente en los brazos de una madre mamífera que les de leche y les ayude a dormir. Recuerdo a la Milvago y pego el oído a la puerta, escucho el llanto del bebé y me pongo unos audífonos que aíslan el sonido mientras escribo este texto. Tengo que preparar la maleta para salir el día siguiente a un viaje de trabajo. Esta es la última noche de lactancia.