El duelo de la nutria
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Mi primer trabajo como voluntaria fue a mediados del año 2000 con las nutrias gigantes de río, una especie que se encuentra en la cuenca amazónica y es la más grande del mundo. Pocos zoológicos habían logrado un programa de reproducción de nutrias tan exitoso como el nuestro. Por unos meses tuve que quedarme la mayoría de mis domingos en la exhibición de las nutrias que estaba cerrada al público. La matriarca acababa de parir y sus cuidadores no querían estresar al grupo con visitantes. En algún momento del proceso de reproducción alguien introdujo una cámara en la guarida. Me entregaron un cuaderno y un lápiz y me pidieron que observara las imágenes de la cámara por horas. Debía anotar cada tres minutos lo que la madre nutria hiciera.
Todos los días que pasaba en el zoológico debía tomar notas. Casi siempre las notas decían sin novedad, aunque yo me esforzaba por encontrar algún cambio en la dinámica de la guarida: -Cría 1 movió su pata trasera derecha un poco - Madre suspiró. - Cría 2 se volteó patas arriba. - Padre entró y le dijo a la madre que ya era hora del almuerzo. - Cría 2 le preguntó al padre por qué la tierra y el agua son distintas y padre no supo responder. - Madre besó a la Cría 2 y le dijo que algunas cosas las entendería más grande. - Cría 1 le preguntó al padre que cuándo iban a conocer el agua. - Padre le respondió que pronto, cuando la corriente estuviera más tranquila. El video lo observaba en un pequeño televisor como el del celador del edificio donde vivía. La imagen era en blanco y negro y el sonido de la cámara era mínimo, pero con los días aprendí a percibir chillidos, gemidos, sonidos indescifrables. Me sumergí en la madriguera. Por esa época salieron realities en los que personas en islas o casas/estudio convivían y votaban para eliminar al otro hasta que quedara un ganador. Yo empecé a verlos obsesivamente porque sentía que en el zoológico también estaba presenciando algo prohibido: la intimidad convertida en entretenimiento. Su cotidianidad sin novedades me tenía enganchada. Por años me he preguntado qué era eso que me conectaba tanto a la guarida de las nutrias y creo que eran los hilos que sostenían a la manada, era ese espacio donde nadie sobraba y toda acción era cemento. Los científicos llaman balsa a un grupo de nutrias. El nombre nace de cómo ellas se toman de las manos mientras flotan de espaldas para no perderse en la corriente. Son río y balsa, madera y cemento. Las nutrias gigantes de río duplican en tamaño a las nutrias comunes y son lo más cercano a una pandilla. Cuando nadan en grupo son espectros que fluyen con el caudal. Sacan sus cabezas sobre el agua y gritan si se sienten amenazadas. Puedo imaginar a fray Gaspar de Carvajal pensando que las balsas de nutrias furiosas eran las mismísimas amazonas que describe en su crónica por el río. Por eso lo nombraron Amazonas, por la crónica del padre Gaspar de Carvajal: Descubrimiento del río de las Amazonas, en la que narra su viaje por el río junto al conquistador Francisco de Orellana. Luego, William Ospina escribiría una novela basada en la experiencia de los dos españoles llamada El país de la canela. Orellana salió en búsqueda de un supuesto bosque enorme repleto de árboles de canelo que de ser encontrado habría enriquecido aún más a la Corona Española. Fray Gaspar, nacido en Extremadura con una supuesta alma aventurera, decidió acompañarlo para registrar el viaje. Se iban a encontrar con uno de los ríos más grandes del planeta y lo iban a tener que recorrer por meses sin comida, soportando los ataques de las comunidades que habitaban la orilla. Durante toda la crónica, Fray Gaspar habla de un supuesto imperio controlado por mujeres guerreras. Sus descripciones recuerdan el mito de las amazonas griegas: eran altas, blancas y rubias y usaban a los hombres de tribus vecinas casi como esclavos. Además, mataban a los niños que nacieran machos. Fray Gaspar perdió uno de sus ojos en un ataque con flechas y lanzas contra el barco. Sobrevivió, pero a su alrededor los tripulantes empezaron a morir enfermos y desahuciados. Puedo imaginar que muchas de las cosas que narra fueron producto del delirio de irse perdiendo en una selva que no conocía y donde todo era extraño. Quiero creer que lo que estaba viendo Fray Gaspar eran realmente manadas de nutrias que les gritaban desde la orilla para protegerse. En la selva ellas mandan, hasta los jaguares se alejan cuando gritan y muestran sus dientes. Son mamíferas del agua y la comparten con mucho recelo, marcan el barro de la orilla con orines para que nadie se atreva a ingresar a su terruño. No recuerdo a las nutrias del zoológico tan furiosas. Cuando había una nueva camada gritaban un poco si alguien se acercaba al vidrio, pero mucho de su tiempo lo pasaban jugando. Las veía deslizarse hasta caer al agua, como si usaran un tobogán de barro. Lo hacían una y luego otra y otra vez y repetían el impulso. A veces hasta la madre salía a unirse a la ronda. Rodaban por el tobogán improvisado que empezaba en la parte de atrás del hábitat y terminaba adelante, cerca del vidrio en una especie de rampa que caía al agua. Al caer se devolvían por el río artificial hasta el punto de partida. La inercia creaba una corriente de agua y nutrias. En tierra son de paso torpe y prefieren no caminar mucho, en su caso no había pasos que contar y tampoco el impulso inconsciente que a veces nos posee a algunos. Lo que las movía era la dicha de la colmena, la excitación de una pista enjabonada. Carlos, el biólogo, me contó que en una balsa de nutrias todos contribuyen al cuidado de las crías. A partir de cierto momento las madres empiezan a sacar a los cachorros a nadar. Los alzan del cuello y los obligan a entrar al agua, a pesar de los chillidos de terror de los pequeños. El macho ayuda en el cuidado, al igual que los hermanos y hermanas juveniles. Carlos me dijo que las nutrias, a diferencia de los primates, no son promiscuas, sino monogámicas. En las noches todos duermen en la madriguera, junto a las crías, aunque si el grupo es muy grande puede haber más de un túnel. El momento más emocionante de mi tiempo con las nutrias fue un domingo en el que el equipo del zoológico llegó a revisar a las crías. Cada cierto tiempo debían hacerles un monitoreo: medirlas, pesarlas y mirar que todo estuviera bien. Recuerdo que los cuidadores tuvieron que llamar a las nutrias adultas a una zona de manejo mientras el equipo de veterinarios entraba y sacaba a las crías de la madriguera. Cuando los padres se dieron cuenta de que las crías estaban chillando se armó un ruido terrible que se escuchaba a lo lejos. Sacaron las crías y empezaron a revisarlas al lado mío. De repente la imagen de la pantalla se había vuelto de carne y hueso y respiraba el mismo aire que yo. Sentí eso que los gringos llaman star struck, cuando conoces a alguien famoso en la vida real, una mezcla entre la extrañeza y la familiaridad. Me quedé pensando qué pasaría si una de las crías estuviera enferma y se la tuvieran que llevar. ¿Y si la cría muriera y nunca volviera a la madriguera qué haría la madre? No dije nada y me guardé la pregunta por años. Las crías todas estaban sanas y fueron devueltas a los padres que rápidamente se olvidaron de todo el asunto y dejaron los gritos y volvieron al goce. Más de quince años después le hice la pregunta a Carlos cuando yo misma llevaba una cría en el vientre. Le pregunté si habían muerto crías de nutrias en el zoológico y qué sucedía en estos casos. Claro que sí, me dijo, es muy común que algunas de las crías no lo logren, tanto en cautiverio como en la naturaleza, por eso tienen varias. Yo imaginé siempre que si una de sus crías muriera la madre nutría gritaría por un rato largo, pero luego volvería a la inercia del caudal. Gritaría como esas mujeres dolientes que van a los entierros a llorar a los muertos Las madres nutrias no chillan ni lloran a sus crías muertas. Si estas son muy pequeñas a veces se las comen, ya que necesitan mucha energía para alimentar al resto. A veces solo las sacan rápido de la madriguera para evitar que se descompongan y lleguen enfermedades al grupo. El duelo de la nutria es corto y práctico, como el de casi todas las especies. Eso nos diferencia a nosotros y otros animales como algunos primates y los elefantes del resto de especies, que nosotros tenemos rituales de muerte y duelo. Cuando muere el miembro de un grupo de elefantes los demás se detienen junto al cuerpo por un tiempo y lo acarician y mueven. Las madres chimpancés que pierden a sus hijos no actúan como las nutrias, a veces pueden cargar con sus crías muertas meses antes de dejarlas ir. Creo que la diferencia entre nuestros duelos y los de las nutrias es de grado y de tiempo porque, a pesar de que algunos parecen más intensos, el duelo nunca es para siempre.