El sueño del perezoso
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La primera vez que vi un perezoso fuera del zoológico, en libertad, fue en Córdoba en la costa atlántica colombiana. Estábamos en una casa frente al mar que tenía dos grandes árboles, creo que eran samanes. Un día estaba mirando para arriba y noté un bulto gris y peludo que apenas se podía distinguir entre las ramas. Me quedé mirándolo un rato y noté cómo se movía lentamente. Estaba tratando de saltar de una rama a otra, aunque saltar no sea la palabra más adecuada para describir su intención: la rama se mecía con el viento y el perezoso estiraba su garra en el aire tratando de que, tal vez por casualidad, la rama llegara a ella para poder colgarse. Este era un malabarista de circo muy particular. Uno que no se esfuerza por llegar al trapecio, sino que deja que el trapecio le llegue. En un principio la escena se me hizo cómica. Como cuando el payaso del circo tercermundista, que también es el maestro de ceremonias, se sube al trapecio y hace lo mismo que los otros trapecistas, pero de manera más torpe y da la sensación de que en cualquier momento se va a caer, pero nunca se cae porque en verdad es el más experto de todos. En este caso era además una escena absolutamente aterradora pues el perezoso, a diferencia del malabarista o del payaso, no parecía ser el más experto y tampoco tenía ninguna red de protección. Imaginaba al animal cayendo desde arriba cuando en uno de esos intentos su pobre destreza le fallara. Así pasaron varios minutos, por lo menos veinte. Las ramas se mecían y el perezoso estiraba su brazo tratando de ir de un árbol a otro. Toda esta escena de acción en cámara lenta llegó a su punto más álgido cuando otro bulto gris se acercó desde el árbol vecino y subió a la rama a la que intentaba llegar el primero. Lo que siguió fue una especie de encuentro que no sé si llamar pelea o cortejo. Una serie de golpes entre los dos animales que parecían dos amigos chocándose las manos agresivamente mientras se mecían en dos columpios. Se acercaban las ramas con el viento, las garras se golpeaban (a veces se descachaban), se separaban las ramas con el viento y los perezosos esperaban, se acercaban, se golpeaban, se separaban y esperaban. Así pasaron otros veinte minutos, tal vez fueron tres horas o un día. El climax de la historia es más bien un pozo porque ninguno de los dos pudo llegar al otro. El primero no logró su gran salto acrobático y el otro se devolvió por donde llegó. El resto del tiempo que estuve en Córdoba cada perezoso se quedó en su árbol y no los vi interactuar de nuevo. Toda la semana estuve embobada con el movimiento lento de los dos animales. De hecho, eran tan lentas sus acciones que tenía que acostarme en el piso cómodamente para observar sus vidas y que no me doliera el cuello. Vivían entre una quietud sólida y apaciguada, como la de una bromelia que se aferra a un tronco, y una acción torpe, lenta y espástica. Un día me quedé un rato largo viendo a uno de los perezosos en la punta de una rama muy alta, agarrado con fuerza, con los ojitos cerrados y el viento soplando su pelo gris. Recordé a la osa en lo alto de su torre. Absorbí el placer de la quietud y del sueño, del sopor del calor de la playa, y la seguridad de sentirse agarrado a algo grande. Ese placer solo lo he sentido cuando el bebé se pega a mí para lactar. Cuando somos los dos en el cuarto oscuro y él se agarra, a veces acurrucado y empieza a succionar y mi cuerpo libera un coctel delicioso de oxitocina y prolactina y mi cuerpo de repente se vuelve muy pesado y solo quiero convertirme en árbol, quiero quedarme ahí, quieta, lenta, pesada, con los ojos cerrados y que durmamos juntos el sueño del perezoso. En una de mis sesiones de observación pasó el señor que cuidaba la cabaña donde nos quedábamos en Córdoba. Era un hombre costeño, un pescador que se dedicó a cuidar de la finca de una familia paisa y a sacar pescado. A veces se caen, me dijo, uno solo escucha el totazo. Se quedan un rato medio atontados en el piso y luego se vuelven a trepar. Yo le pregunté si no se mataban con esa caída y él no me respondió. Una vez se cayó una perezosa con la cría, siguió con la historia. Se estaban quedando unos turistas y por más de que les dijimos que no le hicieran nada ellos cogieron al perezocito. La madre empezó a chillar como una cristiana, gritaba como si le hubieran arrancado una mano. Los turistas se pusieron a tomarse fotos con el bebé hasta que por fin se lo devolvieron a la madre. Y no crea, me dijo, ella les tiraba con esas garras y trataba de defenderse. Le dije que por lo menos se lo devolvieron y ella pudo seguir con su vida. Él se quedó en silencio un momento más y siguió: chillan como unos cristianos, un chillido horrible, a mí hasta me dio pesar y todo.