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Cuando mueren los dioses

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Cuando me di cuenta de mis andanzas inconscientes del baño a la mesa de noche me fui para el gimnasio del edificio. Mi lógica para decidirme por el gimnasio consistía en que necesitaba cansar el cuerpo. Cuando entré al gimnasio me dijeron que el pago de la administración incluía el uso de los equipos y el apoyo de la instructora que iba una vez a la semana. Me monté en la caminadora eléctrica por una hora. Todas las mujeres que estaban en ese espacio vestían licras de colores y usaban una especie de brasieres que combinaban con sus pantalones. Muchas de ellas usaban maquillaje y se tomaban fotos frente al espejo mostrando sus abdómenes perfectos. Me recordaban a los monos capuchinos que se paraban frente al vidrio de la exhibición y hacían gracias para que los visitantes les dieran chitos y bombombunes. Había un hombre mucho mayor que intentaba hacer abdominales. Lo dirigía la instructora. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, el hombre paraba. Estaba sudando mucho y las piernas le temblaban. Vamos a bajar esa barriga, le decía ella, y él, de pelo negro teñido y mocasines en el gimnasio, sonreía genuinamente. Yo en la máquina que contaba los pasos pensaba: enriquecimiento. Esa noche me senté en el suelo de la ducha y escuché Oración de remanso en loop. Siempre he repetido las canciones tercamente. El coro dice Cristo de las redes no nos abandones, en los espineles déjanos tus dones. La vida parece simple y profunda cuando lo único por lo que se ruega a Dios es la comida en la pobreza. En el coro se habla desde una primera persona plural, es el corifeo, no es una persona la que habla sino todos, la humanidad que ruega por la salvación, pero en este caso no es la salvación de la vida eterna sino de la miseria y del hambre. El corifeo continúa su ruego aclarando: No pienses que nos perdiste, que la pobreza nos pone tristes, la sangre tensa y uno no piensa más que en morir (la escuchaba y quería cubrirme con ella). Aguas del río viejo llevate pronto este llanto lejos que está aclarando y vamos pescando para vivir. Las estrofas están en primera persona del singular y describen al que ruega. Soy de la orilla brava del agua turbia y la correntada que baja hermosa por su barrosa profundidad. Me detengo siempre en esa imagen. Es el barro el que embellece al río, la corriente que revuelca la materia orgánica. Mientras tanto la guitarra en un contrapunteo pausado es lo opuesto a la corriente, es el remanso y la voz es del color del río. La persona que ruega le pertenece a la orilla, no lo contrario. Se describe: soy un paisano serio, soy gente del remanso Valerio, en donde el cielo remonta vuelo en el Paraná. La descripción de la persona es imposible de separar de la descripción del espacio porque el pescador es tanto río como pescador y pez, también es cielo y es remanso. Repetía la oración y la cantaba junto a Liliana y no me cansaba de hacerlo. Cuando no funcionó lo del gimnasio me puse a rogarle al Cristo de las redes, a implorarle que me llevara en la corriente y me regresara en la pesca del día. Cantaba junto a ella para mantener la cordura. Su voz me recordaba a la fortaleza de mi madre cuando lo perdió casi todo. Yo seguía la letra e imaginaba a un Pirarucú en lugar de un hombre en una cruz, al pez mayor, el que es más largo que un humano, el de la carne abundante. Si Cristo fuera el pirarucú y el pirarucú fuera Cristo, padre, hijo y espíritu santo, él nos bendeciría con peces. Los peces serían grandes, pero no tan grandes como él, que es tan largo como el río mismo. Hubo una semana en la que murieron todos los pirarucús del zoológico. Eran tan grandes que no tenían escamas sino placas doradas sobre una armadura medieval. Escamas divinas. No se puede contener a un Dios en un acuario de un zoológico, pensé. ¿Qué pasó con los pirarucús? le pregunté a Don Euclides. El cuidador tenía tantas arrugas que su cara era un delta en el que confluían los peces. Sabía exactamente qué le gustaba comer a las rayas de río, no leía la hoja de instrucciones ni pesaba los alimentos, hablaba poco como los pescadores acostumbrados al silencio de los peces. Cuando alguien se le acercaba Don Euclides se escondía en la zona de manejo de los tanques con movimientos rápidos y cortos. Ese día lo encontré observando el tanque vacío. No se escondió. Se murieron todos, me respondió. Un hongo. Eso fue lo único que me dijo: un hongo. Con los días fui conociendo más detalles. El primer infectado fue uno de los machos. Hicieron lo posible para salvarlo, lo separaron del resto y empezaron el tratamiento. Cuando murió, los demás ya mostraban los mismos síntomas: las escamas, su armadura, se les descoloraban por partes y empezaban a desprenderse. Luego murieron los demás. Algunos decían que habían visto a Don Euclides llorando el día que murió la última de los pirarucús, pero yo sé que Don Euclides nunca lloró. Lo sé porque un hombre serio como él se avergonzaría de sentirse derrotado ante Dios. No, Don Euclides no lloró por la muerte de los dioses liberados por el hongo.

El sonido del pez
La muerte de la polilla

Créditos: Los textos y audios de este proyecto fueron realizados por Gabriela Supelano. Las ilustraciones son de de Camila Pizano y las canciones fueron grabadas por Gabriela Supelano con la ayuda de Juan Andrés Espinosa (guitarras y arreglos), Cesar Pineda (guitarra acústica y bajo) y Alejandro Orejuela (batería) y las voces de María Juliana Soto, Mayra Franco y Pablo Aristizábal. El ingeniero de grabación fue Christian Ceballos CH. Todos los derechos reservados. © 2035 Creado por Artista Urbano con Wix.com 

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