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Nicanor no
era humano

A diferencia del gorila, al que se parece un poco, el mono lanudo vive colgado de los árboles y es pequeño. Nicanor era un mono lanudo, también llamado churuco, ágil y musculoso que a veces caminaba de un lado a otro del vidrio grueso que encerraba su exhibición. Como él, yo había permanecido días enteros en la soledad de un cuarto en un edificio lleno de personas mayores donde no había otros niños.

 

Siempre supe que mi cuerpo había sido hecho para el trabajo manual. Supongo que eso fue lo que me llevó a entrar como voluntaria al zoológico cuando todavía no me había graduado del colegio. Eso y el libro Gorilas en la niebla de Diane Fossey. Una naturalista norteamericana que quiso seguir los pasos de Jane Goodall, pero en vez de irse a observar a los chimpancés se obsesionó con los gorilas de montaña de las Montañas Virungas, una serranía de volcanes que hace parte de tres países: Congo, Rwanda y Uganda.  

Gorilas en la niebla es una especie de diario de campo de su experiencia estudiando a los gorilas de montaña, un animal muy poco conocido hasta ese momento. Debí leerlo a mis trece o catorce años. En ese momento decidí que iba a ser bióloga y primatóloga, mi lugar estaría al lado de los gorilas. Quería dejar la casa e irme al otro lado del mundo a crear una relación estrecha con un gran primate. Las caras de los gorilas, sus expresiones tan cercanas a lo humano me cautivaban. Cualquiera de ellos pudo matar a Fossey con sus propias manos, pero nunca la agredieron. Los gorilas y los orangutanes son reconocidos por ser vegetarianos a diferencia de todos los otros grandes simios que somos omnívoros. Cuando Fossey llegó a estudiarlos, los gorilas se acercaron con cautela hasta que crearon lazos tan fuertes con ella que la dejaban presenciar su intimidad. A mis trece años yo quería que me acogiera una familia de gorilas. Mi hogar era lo opuesto a las selvas de las montañas Virungas donde conviven hembras, crías y machos todos protegidos por un enorme gorila de lomo plateado. Yo me crié sin hermanos y sin padre, aunque alguna vez los tuve. 

Cuando entré a trabajar al zoológico y me encontré con Nicanor, el mono lanudo, el que parecía un pequeño gorila, intenté pasar todo mi tiempo libre con él. Aunque yo quería ser bióloga me tuve que conformar en ese momento con pararme en los hábitats de los animales y hablarles a los visitantes sobre ellos. Apenas había cumplido los 18 años cuando entré y era solamente una voluntaria cuya labor era la educación ambiental. Tuve que aprenderme los nombres científicos de las especies y muchos datos curiosos. No tenía la posibilidad de interactuar directamente con los animales, pero disfruté mucho mi tiempo con ellos desde la distancia. Cuando trabajaba en el zoológico no tenía tiempo de arrancarme los uñeros ni de mover las piernas.

Llegaba veinte minutos antes del inicio de la jornada laboral y siempre iba primero a saludarlo.  Nicanor, le decía, y él llegaba al vidrio. Él también estaba solo en ese hábitat, no tenía familia, cosa que para un churuco no es ideal. Los churucos, al igual que todos los primates, son animales sociales. Cuando estábamos los dos, Nicanor se quedaba al otro lado del vidrio y nos mirábamos. Yo recordaba las páginas de Fossey, me quedaba quieta junto al vidrio y dejaba que él se acercara. Juro que con el tiempo empezó a reconocerme.

Uno de los momentos más tristes del libro de Fossey fue la muerte de Digit, un macho lomo plateado a quien Fossey nombró así porque había sufrido un accidente con una trampa y había perdido un dedo. Fue uno de los primeros machos a quien se acercó la investigadora. Además de narrar sus descubrimientos sobre el comportamiento de los gorilas, Fossey narra en el libro las tensiones políticas de la época en los países donde habita la especie, países muy similares a Colombia, en donde la violencia ha sido constante durante los últimos cien años. Países ricos en minerales como el oro y el coltán, pero aún más ricos en recursos naturales. También está presente siempre la tensión con los cazadores que matan a los gorilas para el tráfico ilegal y por su carne. Las comunidades cercanas al parque habían consumido por cientos de años la carne de animales de la selva (bushmeat), entre esa, la carne del gorila y el chimpancé. Puedo imaginar la molestia que sentían al encontrarse con una mujer blanca, americana y mucho más adinerada que ellos, que les decía que lo que venían haciendo toda la vida estaba mal.

 Las tensiones escalan durante todo el libro hasta que acaban con la muerte de Fossey, que fue asesinada en su cabaña en medio del bosque de niebla. Esto por supuesto no lo puede contar ella en el libro, pero nos lo cuentan algunos textos que lo acompañan y también es retratado en la película del mismo nombre protagonizada por Sigourney Weaver. Años antes de la muerte de Fossey también fue asesinado Digit cuando defendía a su familia de cazadores. Le cortaron la cabeza y lo dejaron tirado en el bosque. No fue un simple asesinato, estaban mandando un mensaje. En el libro hay una fotografía del cuerpo de Digit sin su cabeza. Recuerdo que fue la primera vez que un libro me hizo llorar. 

Había algo en todo eso que además coincidía con las décadas de los 90 y 2000 en Colombia. En Cali había secuestros. A la madre de una de mis mejores amigas se la llevaron un día de su trabajo. Ella contaba que cuando estaba en el monte, algunas veces se despertaba en la mitad de la noche con un arma apuntándole la cabeza. No tenían por qué hacerlo, excepto para producir en ella un terror profundo. El terror era poder, poder sobre ella. Su testimonio me recordaba el asesinato de Diane Fossey mientras dormía en su cabaña. A ella la mataron a machetazos una noche. Cuando mi amiga me contó lo de su madre yo pensé en Fossey y me pregunté si ella alcanzó a despertar antes de que sus asesinos le desfiguraran la cara y el cráneo. Si los vio parados sobre su cama listos para abalanzarse. En mi país también se cortaban cabezas. En Cali se decía que se tiraban cuerpos a un pequeño lago del sur de la ciudad donde los mafiosos habían tirado babillas para que se comieran los cadáveres. El río Cauca se volvió más famoso por ser un tiradero de cuerpos que por sus peces y su agua. Yo no quería pensar en eso, quería sumergirme en el zoológico y observar a los animales. 

Esas mañanas me acercaba a la puerta de manejo de Nicanor y él me seguía de su lado. En la puerta había un pequeño hueco que se había formado por el tiempo o por las uñas de Nicanor. Él ponía su dedo delgadito y negro a un lado del hueco, como invitándome a hacer lo mismo. Yo acercaba mi dedo y se tocaban por entre la rendija. Esperaba que en algún momento Nicanor dijera phone home y que la punta de su dedo se iluminara. Estaba segura de que, al quitar mi dedo, Nicanor, que asomaba un ojo por el hueco, me estaba diciendo que me quedara un poco más y que fuéramos amigos. Yo me habría quedado con él todo el día, pero yo no era su cuidadora, en ese momento me habían asignado el aviario, y él no era humano. Al igual que E.T. Nicanor debería estar en su hogar, en las selvas amazónicas, pero a diferencia de E.T. Nicanor nunca iba a llegar ahí, no podía ser liberado después de años de cautiverio. Luego de que nos tocábamos, Nicanor olía su dedo por largo rato. Volvíamos al vidrio a mirarnos por unos minutos antes de que yo siguiera mi camino. 

En mi mente Nicanor y yo actuábamos una escena de Ishmael, el libro de Daniel Quinn, en la que Nicanor era Ishmael, un gorila encerrado que me contaba sus ideas filosóficas sobre la especie humana y sobre esa necesidad que hemos tenido por siglos de separar nuestra historia de la historia de la naturaleza. Este fue el segundo libro que me unió con los gorilas. Me lo recomendó un excelente profesor tejano que tuve en el colegio y que tenía inclinaciones hippies como yo. En el libro Daniel Quinn utiliza la historia de un gorila, Ishmael, que fue arrancado de su grupo familiar cuando era una cría y presenció el asesinato de toda su familia. Describe la escena de manera muy conmovedora y yo, que ya conocía la historia de Digit, uní los dos relatos en mi cabeza. Luego de la masacre, Ishmael llega a un zoológico donde aprende el lenguaje humano. No aprende a hablarlo, pero sí a comprenderlo y se comunica telepáticamente. Debo decir que todo esto es un poco artificioso, pero el gorila es solo una excusa para que Daniel Quinn explique sus pensamientos sobre la ecología. 

 

Aunque yo sabía que por más tiempo que observara a Nicanor no iba a poder hablar con él telepáticamente había algo que me llamaba a quedarme ratos largos mirándolo a los ojos. No era tan grande como los gorilas, pero para mí era superior. Su cola podía amoldarse a la rama, cola prensil, le llaman, y colgarse de ella y su cuerpo pequeño era tan fuerte que lo imaginaba soportando todo mi peso por la selva como si yo fuera una Fay Wray latinoamericana, de pelo negro y él fuera un pequeño King Kong. Pero lo que más me gustaba de Nicanor era su pelo. Era gris y suave, la única palabra que se me ocurre para describirlo es terciopelo, aunque quisiera encontrar más. Humboldt lo llamó lagothricha, que quiere decir pelo de liebre. Y supongo que puede funcionar, pero el pelaje del mono lanudo es mucho más que liebre o terciopelo, es una capa de algodón gruesa y rechoncha. Los pelos de su cabeza cuadrada parecen cortados con precisión. Algunos son de tono cobrizo y otros, como Nicanor son de una gama de grises que se aclara en el dorso como en los gorilas de espalda plateada. Estos grises funcionarían muy bien en una película sin color. Los ojos negrísimos del mono se escondían en la oscuridad de su rostro y solo se asomaban por momentos, cuando el espacio entre él y yo era pequeño. 

Un tiempo después llegaron unas hembras de churuco al zoológico a acompañar a Nicanor. No fue fácil la conformación de la familia. En libertad, los grupos de primates se forman orgánicamente durante años. Esto no se puede hacer en los zoológicos donde los individuos se escogen por su compatibilidad genética para evitar que haya problemas médicos. Pero eventualmente Nicanor pudo reproducirse y convivir con esas hembras. Nicanor ya murió y ahora hay otro grupo de churucos en el zoológico. Pasé a verlos y el nuevo macho alfa estaba descansando con la panza arriba al lado del vidrio. Le tenían sin cuidado los homínidos que lo observábamos del otro lado. Era más oscuro que Nicanor, no tan gris como yo recordaba al antiguo macho. Era un grupo grande de hembras, otros machos y juveniles.

En la vida salvaje son las churucas las que deciden los cruces genéticos que se dan dentro de un grupo familiar. Me lo contó Laura Abondano, una bióloga dedicada a estudiar a las hembras de los churucos. Como casi todos los primates, los churucos son promiscuos. Los machos de los churucos son supremamente tolerantes a la promiscuidad de las hembras. Las hembras de otras especies de primates deben tener sus encuentros con otros machos a escondidas, en cambio las churucas no. Los estudios genéticos de Laura concluyeron que, aunque las hembras se reproducen con varios machos, la mayoría de las crías son del macho alfa, el que suponemos tiene la mejor genética. Todavía no han podido entender cómo pasa esto: las churucas no pueden tomarse la pasta del día después tras un encuentro con el macho rechazado de la manada. Hay algunas hipótesis: puede que las hembras elijan ciertos momentos más fértiles para reproducirse con los mejores machos o puede que la respuesta esté en sus vaginas. Esto implicaría algún tipo de selección del esperma que sucede dentro de los órganos reproductivos. 

Cuando Laura me contó esto me alegré por Nicanor, que a pesar de que le llegó una familia que no escogió, seleccionada científicamente para que hubiera un buen cruce genético, logró que su esperma fuera exitoso y se reprodujo. Nicanor se reprodujo como lo hacen los animales, sin pensar en que son muchos o pocos en el mundo, siguiendo el impulso, la atracción, la vida que es vida así se esté colgado de la rama sintética de un hábitat construido o en el dosel de un bosque.
 

Un último antojo

Créditos: Los textos y audios de este proyecto fueron realizados por Gabriela Supelano. Las ilustraciones son de de Camila Pizano y las canciones fueron grabadas por Gabriela Supelano con la ayuda de Juan Andrés Espinosa (guitarras y arreglos), Cesar Pineda (guitarra acústica y bajo) y Alejandro Orejuela (batería) y las voces de María Juliana Soto, Mayra Franco y Pablo Aristizábal. El ingeniero de grabación fue Christian Ceballos CH. Todos los derechos reservados. © 2035 Creado por Artista Urbano con Wix.com 

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