La ruta del oso

Quisiera saber cuántos pasos hay del lavamanos a la mesa de noche. Tener la disciplina de contarlos, llevar un diario de pasos, llenar una tabla de cantidad de pasos para saber cuándo el recorrido se repite tres veces, cuándo los pasos son más largos y cuándo no los hay. Quisiera que mis caminatas del lavamos a la mesa de noche, cuando me lavo los dientes, fueran parte de una obsesión consciente. Voy de vuelta, de la mesa de noche al lavamanos, y caigo en cuenta de que llevo un rato caminando entre los dos puntos. También caigo en cuenta de que es algo que llevo haciendo por varios días. Para. Para, ya, me miro soportando el peso en el mesón con el brazo. Quiero dejar de caminar, pero hay algo que me invita a hacerlo. No es una voz ni tampoco una necesidad racional. Es un impulso, solo eso.
Ese mismo impulso lo siento en las piernas cuando estoy sentada, pero el movimiento de las piernas me lo han señalado toda la vida. Mis amigas nunca querían dormir conmigo en la misma cama cuando éramos niñas porque les desesperaba mi movedera. En esa época dormía boca abajo y movía las piernas extendidas de un lado a otro, como cunas. Eso es vicio de hombre, decía mi madre. Y yo trataba de quedarme quieta. La estrategia que más me funciona es cruzarlas bien apretadas, aunque a veces las cruzo y sigo moviendo la punta del pie. Ahora no puedo cruzarlas porque la barriga de embarazada no me deja y las muevo todavía más porque ya no está mi madre para regañarme. Dejar de mover el cuerpo no elimina el impulso. Este trepa por las piernas y llega hasta los dedos y me pone a hacer cosas terribles como arrancarme los uñeros. Los años de piel arrancada hacen que mis dedos parezcan bombones.
En el zoológico había varios animales que también sentían el impulso. Los expertos llaman a este movimiento repetitivo “comportamiento estereotipado”. Uno de ellos era un oso andino macho que caminaba sin contar sus pasos de un lado a otro de la exhibición. Su recorrido era por el borde de una meseta que daba hacia un hueco que rodeaba el hábitat y contenía al animal. El oso caminaba de un lado a otro de la meseta por el borde y cada vez que llegaba a un extremo daba media vuelta con un movimiento que parecía coreografiado: echaba la cabeza para atrás y la rotaba, como cuando uno intenta estirar el cuello. La rotación dirigía el resto de su cuerpo y así daba la vuelta para volver a la caminata. Tal vez el oso tenía el mismo impulso de las bailarinas, tal vez quería estirar el cuello mientras caminaba o tal vez estaba estresado, como pensaban sus cuidadores. Ellos le preparaban comidas que ocultaban en cajas para animarlo y distraerlo del estrés del encierro y de la soledad. Enriquecimiento, le decíamos. Escondían la comida para que el oso caminara, le daban paletas de frutas en días calurosos, le llenaban la pileta con agua fresca. Pero nada parecía suficiente.
El oso vivió solo por años hasta que llegó una hembra. La osa había sido transferida de un zoológico moribundo en alguna ciudad intermedia. Su antiguo hábitat consistía en tres paredes de concreto y una reja. Conocí a varias de las personas que trabajaron en ese zoológico y sé que se preocupaban por los animales, pero el presupuesto no les daba para construir hábitats hermosos y amplios como los del nuestro. Lo único que podían hacer era cuidar que el concreto estuviera limpio y alimentar a los animales. Era un zoológico de grises y negros con unos cuantos árboles que cubrían los senderos y le daban un poco de color. Supe que un día lo cerraron y se llevaron a todos los animales para otro zoológico, uno nuevo, grande y con recursos, pero nunca lo visité. Cuando la hembra llegó a convivir con el oso, lo primero que hizo fue treparse al árbol que estaba en medio de la exhibición. Se quedó varios días ahí arriba. Solo bajaba para comer y olisquear un poco el pasto. Los biólogos y veterinarios no sabían si se resguardaba en la copa del árbol para protegerse del macho. Yo estaba segura de que la osa disfrutaba su tiempo en las alturas, sabía que era la dicha del concreto vuelto madera, de flotar sobre la brisa.
Durante esas primeras semanas tomé la ruta del oso antes de llegar a mi puesto de trabajo. Siempre que me asomaba el macho hacía algo puntual: usualmente dormía en la cueva con una pata arriba puesta contra la pared, se sentaba en la poceta de agua con una piña colada o trepaba en las mañanas el árbol para observar aves con sus binoculares. La osa, en cambio, solía pasar la mayoría del tiempo en la copa del árbol, bendiciendo a los visitantes como si ella fuera el papa asomado por la ventana del palacio apostólico y nosotros sus feligreses.
Lo más probable es que la hembra estuviera huyendo del macho en esos primeros días. En la vida salvaje los osos andinos, también conocidos como osos de anteojos, no son animales sociales. Cada individuo recorre el bosque en solitario. Pero, aunque no son sociales sí se toleran. Ángela Parra, una bióloga especialista en oso de anteojos, me contó que, en el Parque Chingaza, cerca de Bogotá, los osos usan caminos que atraviesan el bosque y los comparten entre ellos. Son como carreteras de oso, dijo. También las usan otros animales que habitan la montaña. Estos senderos son hechos por los mismos osos, no a punta de maquinaria pesada y concreto, sino a punta de caminar día y noche, como los pequeños senderos que dejan las hormigas arrieras cuando están desvalijando un árbol.
La osa y el oso nunca se pelearon. Mi memoria construyó la imagen de que solo fue feliz con la llegada de su compañera. Cuando le pregunté a Carlos, el biólogo encargado de los animales del zoológico, él me dijo que no tenía datos suficientes para confirmarme si eso fue lo que sucedió. El oso se llamaba Congo. No sé por qué le pusieron así, pero supongo que porque era negro y asociamos ese país con el continente africano del que sabemos muy poco aquí en América. Allá no hay osos andinos. Como muchos animales del zoológico Congo fue rescatado por alguna entidad ambiental y no sé muy bien los pormenores de su vida antes del zoológico. Solo sé que venía de Muchique, un parque natural en el departamento del Cauca. También sé que, aunque mi memoria es poco confiable, algo funcionó entre la osa y el oso porque se lograron aparear y tener varias crías. Una de ellas sigue viviendo en el zoológico. La cría de Congo comparte el hábitat con otra hembra y un macho, pero estos, a diferencia de Congo y de su pareja, no pueden convivir en el mismo espacio. Deben usar el habitat por turnos.
Es muy común que los osos de anteojos tengan comportamientos estereotipados, me dijo Carlos. Esto a pesar de que sus cuidadores les dan helados de frutas, les esconden la comida en cajas o la cuelgan para que tengan que esforzarse por conseguirla. Por eso, los osos del zoológico siguen caminando de un lado a otro como lo hacía Congo. La vida del oso es caminar en soledad y en una época del año aparearse con otro igual de solitario. Es la vida del caminante. Puede ser que eso es lo que buscan los osos del zoológico en sus recorridos dentro del hábitat, simplemente caminar, aunque los que saben dirán que es el estrés del encierro, del poco espacio, de la falta de ocupación.